¿Es posible ser un líder ético en el Ecuador?

Estoy reemplazando temporalmente a una docente en sus clases de Ética. Son estudiantes de varias carreras: Marketing, Negocios, etc. Ayer disfruté un debate que hicimos en clase con dos grupos que dieron sus argumentos a favor y en contra: ¿Es posible ser un líder ético en el Ecuador? Escuché argumentos tan válidos de un lado y otro:

  • En un país donde no hay educación de calidad o mucha gente no tiene siquiera acceso a la misma, donde hay pobreza generalizada, cómo podemos esperar ética, donde predomina la cultura de supervivencia.
  • La corrupción está generalizada e incrustada en las estructuras de la sociedad: aunque quieras ser honesto en algún momento te pondrán frente a una situación donde tendrás que elegir entre aceptar “saltarte una regla” o padecer las consecuencias: filas eternas para acceder a un servicio que por la vía alternativa se puede demorar 5 minutos, darle una propina al vigilante que se inventa infracciones aprovechando de su poder, copiar la tarea porque tengo que trabajar y no me queda tiempo, etc…
  • Al final, ser ético o no, depende de cada uno…
  • ¿Ser ético depende de las circunstancias?
  • Las pequeñas acciones son las que construyen la corrupción (o la cultura ética)…
  • No se requiere tener un cargo importante para ser líder. el liderazgo tiene que ver con tu poder de influencia, no con el número de seguidores que tengas…

Interesante, buena discusión… al final, es un tema complejo; al final, ser ético es lo deseable y siempre posible, pero quién se atreva a vivir así tiene que saber que tiene su costo, su sacrificio… a veces es ganar un poco menos de dinero (pero dinero limpio) o que mi prestigio sea amenazado (incluso destruido), y otras veces se trata de efectos aún más serios, como poner en riesgo a mi familia o mi propia vida.

Recuerdo dos ejemplos que ilustran esta idea. El primero es un caso de la vida real: Nelson Mandela, en su autobiografía (El largo camino hacia la Libertad…), justificaba la lucha armada diciendo: “La naturaleza de la lucha la determina el opresor”. Mi naturaleza pacifista se resiste a aceptar la lucha violenta, sin embargo cuando el opresor sólo acepta la sumisión y cualquier reacción se reprime con violencia, a veces la única alternativa que queda para recuperar la libertad es protegerse con las armas… lo entiendo, ojalá no me toque nunca enfrentar una decisión de esa naturaleza… Este mismo concepto lo desarrolló Ignacio Ellacuría, rector de la UCA en El Salvador en época de dictadura, luego muerto mártir: existe la violencia opresiva, la violencia revolucionaria o liberadora y la violencia represiva…  La violencia revolucionaria estará justificada, dado el problema de la injusticia estructural. Sin embargo, la licitud de este tipo de violencia estará restringida, porque la violencia «siempre es un mal, y sólo puede ser usada en proporción con el mal mayor que se quiere evitar. Ese mal ha de medirse sobre todo en relación con los daños que a corta y larga distancia se den para las mayorías».

El otro ejemplo es ficticio, una de las mejores películas que he visto en mi vida, no porque sea la historia de un héroe de cómics y los efectos especiales sean espectaculares (que hay mejores), sino porque es una excelente radiografía, cruda y realista, de la sociedad en que vivimos. Si no la han visto con esos ojos, les recomiendo analizar todas las metáforas que Chris Nolan desarrolló en esta versión de Batman, y del verdadero protagonista de esta película: el Joker (lee mi reseña en el 2008). El Caballero de la Noche, Batman está en la encrucijada de romper algunas reglas para atrapar al enemigo. Llega a reflexionar con su mayordomo, Alfred, que él no es el héroe ideal que todos quisieran, es el héroe que su sociedad se merece y el que necesitan. Quizá no el más popular, sí el que protege a los suyos, incluso de sus propios errores. Vivimos en una sociedad que merece los líderes que tenemos y requerimos no líderes salvadores, mesías, sino héroes que nos cuestionen en lo más profundo de nuestras actitudes corrompidas y disfrazadas de “derechos”.

Ser un líder ético en una sociedad como la nuestra tiene sus consecuencias. Pero como decía uno de los estudiantes, es cuestión de evaluar qué es peor, aceptar el costo de la lucha o dejarle a los míos un mundo cada vez más miedoso, más enrejado… más democrático porque elige más y lo puede comprar todo, pero menos democrática porque en el fondo asumimos menos responsabilidades y elegimos escondernos antes que enfrentar los problemas.

 Me dio gusto el debate, fue revelador. Como fue revelador la encuesta que ensayé con ellos. Les pregunté cuáles son las cualidades que debe tener un líder y las comparamos con la misma encuesta hecha por Steven Covey.

 

 Fue revelador descubrir que a pesar de todo, estamos condicionados (no determinados) por nuestra cultura. La encuesta de Covey resalta la integridad, la centralidad de la persona y otras cualidades internas del líder. Los estudiantes apenas mencionaron la integridad y más bien se destacan cualidades de comunicación, motivación, don de mando y la fortaleza, todas cualidades externas del líder. No sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero pasan por mi cabeza rostros de la mayoría de nuestros presidentes, líderes barriales, universitarios, etc… y uno comprende esta radiografía: seguimos identificando liderazgo con don de palabra, no importa si esas palabras son respaldadas por acciones éticas o están vacías de propósito.

 Es hora de elegir líderes éticos, pero aún más, es hora de elegir ser líderes éticos. Y eso no se decide una vez y ya… se elige todos los días.

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