La Teología de la Ancila

A propósito de este tiempo de Navidad recordé lo siguiente: Ignacio de Loyola, santo fundador de los jesuitas, en su texto de los Ejercicios Espirituales se inventa un personaje en la contemplación del Nacimiento de Jesús. En el camino que llevará a José y María de Nazaret a Belén, Ignacio introduce una ancila, una esclavita indigna(EE 111). Una “doméstica” o la “criada” serían términos que conocemos hoy en día. Lo curioso es que la menciona casi con vergüenza, como si nada hubiese añadido al escrito:

“…desde Nazaret salieron nuestra Señora embarazada de casi nueve meses, como se puede meditar píamente, sentada en una asna, y José y una ancila, llevando un buey, para ir a Belén…”

Y aún más curioso, en el resto de las contemplaciones, Ignacio nos invita a incorporarnos en las escenas asumiendo el rol de algunos de los actores, dándonos la libertad para escoger el rol que queramos, sin embargo, en ésta, nos pide explícitamente que hagamos de “esclavitos indignos” para mirarlos, contemplarlos (Ignacio siempre distingue entre mirar y contemplar) y servirlos en sus necesidades.

Siempre he pensado en la Navidad como ese tiempo para renovar el corazón. No sólo para dejar aflorar lo que nos enorgullece: nuestra bondad, nuestra solidaridad, nuestra generosidad. Sino también, tiempo para atrevernos a ver con sinceridad aquello de lo que sentimos vergüenza. El símbolo del pesebre bien entendido es fuerte: Jesús renuncia a nacer en palacios, con recibimientos de Rey, sino que nace en un establo, el lugar donde los animales pasan la noche, una cueva húmeda, donde los animales comían, dormían y seguramente hacían sus necesidades… imaginen el olor que debió tener ese espacio. Y al nacer Jesús lo ponen en un pesebre, que si lo despojamos de cualquier romanticismo, no es sino la caja o recipiente donde se les pone la comida a las “bestias”. La paja seca que rellenaba el pesebre y sobre el que descansó el Niño, y que cantamos dulcemente en nuestros villancicos, es esa cosa dura y áspera, nada parecido a un colchón, un edredón o una almohada. En fin, cuando uno se detiene en los detalles, que nada tiene que ver con las dulzuras de nuestros pesebres caseros, queda la pregunta: ¿y por qué Jesús, que se supone es Dios, nace en esas condiciones tan degradantes?

Como decía, el símbolo es fuerte: Jesús nace no donde merece Dios, sino donde más hace falta Dios. No quiere nacer en nuestras obras y actitudes que hacemos para “merecerlo”, sino que quiere nacer en nuestras “cuevas” oscuras, húmedas y malolientes. En el lugar del que se alimentan nuestras “bestias” y en la dureza y aspereza en la que se ha acomodado nuestra vida. Navidad es tiempo para abrir el corazón, evidenciar lo que nos da vergüenza para que Jesús lo ilumine, lo endiose, haga milagros ahí.

Nuestra labor no es ser actores principales… es dejarlo a Jesús ser el protagonista. Nuestra labor, nos sugiere Ignacio, es hacer de esclavitos indignos, mirar al Niño, contemplar lo que sucede alrededor del Él y servirlos –a María, a José y Jesús- en sus necesidades, ayudando con diligencia, con entusiasmo, con gratitud, desde las labores de parto, hasta la búsqueda de la leña para mantener encendido el fuego que les da calor. ¿No se lo imagina? Dese un tiempo para contemplar, si es que la tiene, a la doméstica que sirve tantos años en su casa.

Al final… saque provecho y aplique en su vida… disfrute el regalo que el Padre nos deja y que, irónicamente, solemos ignorar: su Hijo que quiere nacer en Su pesebre.

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