Mi Señor… mi querido Señor…

Mi Señor… mi querido Señor…
Si estuvieras aquí a mi lado, lo dudaría dos veces,
y aunque con vergüenza,
un beso prolongado en tu mano te daría
y con un abrazo lleno de cariño te aferraría.

Te diría “gracias” con el corazón –sin palabras-
y con un par de lágrimas te lo demostraría.
Nuestro conversación a dos frases se limitaría:
“te quiero” y “gracias”…
y Tú nuevamente, regalándome VIDA me responderías.

“Sí, Señor…” ¿cómo decirte “no”?
“Sí, Señor…” dicho con tanta pasión y alegría.
¿Cómo no aceptar tanta vida?
¿Cómo no aceptar el regalo de esta amistad
tan indignamente recibida?

Con tantos detalles has conquistado mi rebeldía.
Con tantos milagros has transformado mi vida, en VIDA.
¿Cómo decirte “no”?

Mi Señor… mi querido Señor…
Hoy perderé la vergüenza
y después del abrazo y las lágrimas agradecidas,
un beso enamorado en la mejilla te daría.
No dudes,
tan convencido y orgulloso te besaría…
besos agradecidos y lágrimas de alegría.

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