¿Queremos democracia?

a propósito de las marchas
Una cosa es democracia como cultura y otro es democracia como práctica política. Es decir, se relacionan mutuamente, pero no confundamos. Una cosa es aspirar a tener un Estado democrático y otra cosa es una sociedad democrática. La democracia como forma de gobierno implica la participación de todos los miembros de la sociedad en la toma de decisiones de interés público. La democracia como cultura implica una relación de igualdad, que posibilite la participación de todos los actores, en todas las relaciones sociales, es decir, en la familia, en el barrio, en la economía, en la iglesia, en el comité, en la ciudad, en la empresa, y obviamente, también en el Estado.
Si tomamos en cuenta la democracia desde el punto de vista del poder y del Estado, estamos hablando de un tema político. Si estamos hablando de la democracia como modelo cultural, estamos hablando de un tema social. Y aquí no hay cristiano –ni el más apático- que pueda decir “yo no tengo nada que ver con eso”.
En un Estado democrático, donde el poder radica en el pueblo y todos deberíamos ser partícipes, de una manera u otra, en la toma de decisiones, no podemos desentendernos de la política. Ciertamente la política no es una actividad en la que participen todos los ciudadanos, pero lo es así, porque hemos escogido –o hemos heredado- el modelo de delegar el poder en representantes. El problema con este sistema democrático es que se ha convertido también en nuestro sistema de pensamiento y actuación –en nuestra cultura-. Delegamos en otros no solo la posibilidad de decidir, sino también la responsabilidad sobre dichas decisiones, de tal manera que quitamos la palabra “participar” de nuestro vocabulario. Efecto: cuando los gobernantes toman buenas decisiones –al menos aparentemente- y sale favorecida la sociedad, no nos quejamos, vivimos todos felices –no importa si nos roban o no, como sucede en Guayaquil-; y cuando los gobernantes toman decisiones equivocadas o abiertamente alejadas de los intereses sociales, le echo la culpa de la situación a los gobernantes. 
Nuestro sistema democrático “representativo” –es decir, limitado a elegir representantes- está de sobra demostrado que ya no funciona –si funcionó algún día-. Nuestros “representantes” ya no representan nuestros intereses. La llamada “clase política” ya no tiene de dónde agarrarse ni calidad moral pública para convencernos que están trabajando por satisfacer las necesidades de nuestra sociedad, ni por el bien común. 
(Nota aparte: Si esperamos un “mesías”, deberíamos escuchar a Jesús diciendo: “el Reino de Dios ya está aquí entre nosotros”. No allá arriba, ni lejos… entre nosotros)
Pero no nos podemos quejar, porque nuestra “clase política” es el producto de nuestra cultura, que puede ser todo, menos democrática. Nuestra sociedad no es democrática. En líneas generales –sin querer decir que todos los ecuatorianos somos así- en nuestras familias sigue abundando el machismo, la violencia para resolver los problemas, la ausencia de diálogo, el silencio o rebeldía de quienes no pueden expresar sus opiniones y sentimientos. En nuestros trabajos abunda la competencia desleal, el pésimo trato al cliente, el aprovechamiento sobre los obreros y sobre los consumidores. En nuestras calles abunda la ley del más fuerte –el bus sobre el auto-; del más sabido –el taxista sobre el ciudadano común-; del más privilegiado –el que puede sobornar y tiene “amistades” contra el “cholo” común-; del más poderoso –el vigilante sobre el conductor-; del que tiene más tecnología –el conductor sobre el transeúnte-. 
¿Quién respeta las leyes en Ecuador, creadas para respetar a otros seres humanos en una sociedad que se supone es democrática? 
Si queremos democracia, debemos atrevernos también a democratizar la economía, que en nuestra sociedad cuasi-neoliberal, capitalista, no es sino la dictadura de los que tienen los medios de producción –y no soy comunista-. Tantos pobres son la mejor prueba de que este sistema económico no es democrático porque los excluye de la posibilidad de comprar, de vender, de producir, de consumir. No hay mejor icono de esta realidad que los migrantes, prácticamente expulsados de nuestro país, por un sistema excluyente, que no da oportunidades.
Si queremos democracia, nuestras aulas, especialmente universitarias deben ser espacios donde se la viva, donde haya diálogo y no adoctrinamiento, donde haya participación y no aceptación pasiva de conocimientos, donde haya interés común de construir proyectos nacionales y no prevalezcan intereses individuales de graduarme lo más pronto posible para ganar todo el dinero que pueda. 
Y de la Iglesia como jerarquía y estructura, no me atreveré a hablar todavía. 
¿Queremos democracia? Pues debemos trabajar por los dos frentes: Ciertamente exigir que nuestros gobernantes sean verdaderos representantes del interés nacional y que se preocupen realmente del bien común -¿es utopía pedir esto?-. Pero también debemos exigirnos a nosotros, convertir todos nuestros sistemas de relaciones en sistemas democráticos. 
La crisis del Estado ecuatoriano es la crisis de la sociedad ecuatoriana. La corrupción y la lucha por privilegios no son monopolio de los políticos sino que están incrustados en la mayoría de nuestras relaciones sociales. Pongan ustedes los ejemplos en los trámites que realizamos –o dejamos de hacer-, en nuestros estudios, en la calidad de nuestro trabajo, en las cosas que dejamos de hacer por comodidad o conveniencia. Esto es lo que alguien dijo alguna vez que se llamaba Pecado Social.
El peligro está en creer que por fin el pueblo está tomando más conciencia sobre su papel dentro de la democracia. Yo me permito dudar. Si no cambian también todo el resto de nuestras relaciones, soy más propenso a creer que la gente común –entre ellos nosotros- salimos a las calles enorgulleciéndonos de expresar nuestra democracia y no hicimos más que servir ingenuamente a los intereses de los partidos políticos –quienes convocaron las marchas-.
Ojo, no digo que no debimos marchar –me incluyo… yo salí a las calles-, sino que si esa acción de caminar por las calles y gritar en nombre de la democracia, no es expresión de una vida cotidiana vivida de manera democrática, no fue sino otro “grito quejoso”, que más que contribuir a construir un Ecuador distinto, contribuye a que el poder cambie de color o camiseta –que todo regrese a ser como antes cuando nadie se quejaba-, pero no contribuye a cambiar los intereses políticos –hacia el bien común-.
Un buen signo de esto es que en la marcha por la democracia en Quito no se dejó hablar a Guillermo Landázuri, quien claramente iba a hablar en nombre de la ID. El pueblo aceptó –aunque luego con desilusión- las palabras de Paco Moncayo, no porque representara una tienda política, sino porque el Alcalde de Quito representa a Quito, se llame como se llame. Pero a pesar de este buen signo, no debemos perder ni suponer el norte de este proceso de construcción de nuestra democracia. Desde este punto de vista, el respeto a la democracia debemos exigirla no solo al Estado, sino también a nosotros mismos y a nuestros compatriotas. He ahí un primer punto en el que sí podemos trabajar e inspiración para nuestros apostolados.

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